r Luis Miguel González:
Las asociaciones
cofrades están en el punto de mira, al menos es mi opinión. Tampoco creo que
falten razones y no por ello menosprecio su trabajo, su constancia y sobre todo
sus intenciones, que siempre son buenas.
El asociacionismo
cofradiero no es nada nuevo, incluso hay hermandades que nacieron, o en parte
lo hicieron, de estas asociaciones, pero los tiempos han cambiado. ¿Han
cambiado?
La piedad popular nace
en el pueblo y para el pueblo, se aleja de una doctrina teológica estricta y
ortodoxa basada en textos milenarios sin perder la esencia de que todo lo que
se hace es en alabanza a Dios. Después es la Iglesia la que adapta de alguna
forma esta realidad, la hace suya como una forma de predicar el Evangelio, las normaliza
y las absorbe. Ello ha propiciado que cada gremio, cada zona o bien, quienes
tengan en común determinados factores sociales, se asocien y funden numerosas
hermandades a través de los siglos. Lógicamente, no estoy comparando, pero si
estoy estableciendo un paralelismo entre una realidad antigua y una presente.
Las asociaciones se
asientan, fundamentalmente, en zonas donde no hay hermandades ante una
necesidad, creada o impuesta, de reunir el fervor popular en torno a una imagen
que dé identidad al barrio, aunque también se dé el caso de estar cerca de
hermandades centenarias, pero son los menos. Aunque este hecho sería digno de
estudio y ver por qué se produce.
A veces las hermandades
incurren en acciones para que se den este tipo de asociaciones. En otros casos
es la necesidad egoísta de un individuo o grupo de individuos que quieren hacer
una hermanad a su antojo y ante la imposibilidad de ello fundan una asociación
a su medida (vulgo cortijo). De todo hay en la viña del Señor.
El objetivo de las mismas
es claro y cristalino: ser hermandad y quien diga lo contrario, miente.
En la búsqueda de este
objetivo es cuando se presentan las diferentes formas y los diferentes
conflictos con la Iglesia.
Uno escucha de todo,
desde -“¿Quién es la Iglesia para decirme en que Cristo debo de creer?” a – “yo
es que creo en mi Cristo pero no en la Iglesia”. Cuidado con este tipo de
afirmaciones que son más comunes de lo que creemos.
Punto número uno, y
para que quede claro, la Iglesia es la custodia del depósito de la Fe, en
cuanto a la tradición apostólica y las Sagradas Escrituras. Importante es esta
frase y de las que hay que tatuarse en la frente.
Por tanto, desviarnos
de la Iglesia es hacer un Dios particular a nuestra medida, donde cogemos lo
que nos interesa o nos sea más fácil y omitamos aquello que nos incordie o
requiera sacrificio. Ojo con esto también. Otra cosa distinta es no estar de
acuerdo con algunos aspectos de la Iglesia, yo el primero, pero ello nunca debe
de dinamitarnos nuestra fe.
Las asociaciones
cofrades realizan numerosos actos a lo largo del año y, su economía maltrecha,
no da para mucho más. Por ello, el esfuerzo de sus integrantes es primordial
para llegar al objetivo, fundamentalmente sacar su paso en procesión. El tema
económico de las mismas es determinarte, por lo que, finalmente, produce que
los propios integrantes, con más o menos conocimientos, pues ejecuten desde los
pasos, enseres y hasta las propias imágenes o las encarguen a personas que, aún
sin experiencia u oficio, se les da medianamente bien, o por lo menos eso se
piensa. Sin discutir el valor sentimental que, desde luego es el mayor del
mundo, el valor artístico en la mayoría de los casos, deja mucho que desear.
Para ser hermandad es
imprescindible estar ligado a una parroquia. Tiene toda la lógica del mundo. El
problema viene cuando el párroco no ve la necesidad pastoral de una hermandad
en su feligresía. Ahí la cosa tiene difícil solución y, desde luego, nada vale
la protesta, la reivindicación o incluso la desobediencia. Triste es para el
grupo que lo sufra. Es una decepción tremenda, pero estas son las reglas del
juego. A lo largo de la historia este conflicto se ha repetido. Tenemos en
Sevilla claros ejemplos de hermandades errantes que han ido de parroquia en
parroquia, de templos en templos.
Una hermandad es una
asociación de cristianos, y como tales, tenemos que cumplir sus preceptos. Ésto
no es solamente estar bautizados, sino lógicamente celebrar la Eucaristía,
especialmente la del domingo, recibir los sacramentos, ejercer la caridad, etc.
Es por ello por lo que las actuales normas de la Iglesia para convertirse en
asociación de fieles (primer paso para la futura hermandad), es la formación de
sus miembros y no poseer imágenes hasta que transcurra un tiempo prudencial, no
solo de formación, sino de maduración e incluso de sucesión, pues no pueden
crearse hermandades y desaparecer a los dos días o cuando fulanito de tal ya no
sea el hermano mayor.
Ello también aburre,
soy consciente. En la mayoría de los casos culpo a la Iglesia de no usar una
didáctica amena donde, sin variar el mensaje -ya que este no se puede ni debe
variar-, se forme a las personas de forma sencilla, directa e ilustrativa; el
método profesor, pizarra y tomar apuntes está desfasado, a mi entender, para
este cometido.
Podríamos, incluso,
después de lo leído en los párrafos anteriores, llegar a la conclusión de si la
piedad popular nace del pueblo y para el pueblo. Pues nuestra asociación
también y no necesita nada más, ERROR. La gente antigua, incluso en las clases
más bajas, tenían formación religiosa e incluso cumplían los preceptos
católicos mucho más de lo que se hace hoy en día.
Nuestras hermandades
están rodeadas de un folclore que llama la atención. Pero no solo podemos
quedarnos con esto. Ello debe ser vehículo para llegar a Dios. Éste es el paso
que cuesta entender, pero es que, aunque el fin es común en la alabanza a Dios,
los caminos son distintos a veces entre la Iglesia y los seglares.
No me gusta el término
hermandades piratas o designaciones parecidas. Me parece una falta de tacto e
incluso de respeto a las personas que trabajan en dichas asociaciones. Pero
tampoco se puede quedar la cosa en mero folclore, sino que ello debe de llevar
implícito la responsabilidad de saber y tratar, de forma solemne y consciente,
lo que llevamos arriba, de lo contrario, hay que darles la razón a los que
dicen que se juega a los pasitos.
De igual forma no me
gusta la utilización de la caridad como arma arrojadiza o como credencial, y me
explico. El ejercicio de la caridad como virtud teologal, no puede servir para
darnos publicidad de lo buenos que somos y utilizar el “do ut des” (te doy para
que me des). Este tipo de cosas son desviaciones del auténtico espíritu de la
caridad, que no es otro que el amor a Dios a través del prójimo. Estas
circunstancias son más comúnes de lo que parece en la sociedad de hoy.
Y quiero terminar como
empecé, alabando el trabajo cultural, la dedicación e incluso la implicación de
este tipo de asociaciones. He tenido la suerte de conocerlas de primera mano,
de colaborar con ellos e incluso acercarlos a la Iglesia. Por ello, hablo con
conocimiento de causa pero, a la misma vez, critico y condeno determinadas
acciones que puedan atentar, de una u otra forma, contra la Iglesia.
Una vez más, el
equilibrio, el diálogo, la complicidad y poner en valor el trato humano de
acercamiento mutuo, puede dar la clave para que, de una vez por todas, acabemos
con una guerra absurda por sacar una imagen de nuestro Señor Jesucristo o su
Bendita Madre a las calles.
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Articulo tomado de la web El Costal.org
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