por Miguel G. Rizo
A lo largo del año se
escriben mil artículos sobre Semana Santa, sobre música cofrade
o sobre las flores que
llevan
los pasos, pero nunca
he leído un artículo que hable sobre la vida de un músico y sobre las personas
que lo rodean, y creo que es necesario hacerlo de una vez, ya que he tenido la
suerte de pasar por ello.
El momento en el que te
inscribes a una banda es un momento bonito y que recordarás siempre, ya que
pasas a formar parte de un gran grupo humano de una calidad notoria y
excelente, pero a lo largo de tu periodo en dicha banda sabes que tienes que
hacer una serie de sacrificios y esfuerzos a lo largo de todo el año para poder
ir a ensayar o ir a tocar con tu banda, y dejar de lado cosas que también te
gustan o personas con las que te apetecería estar por cumplir con tus
obligaciones.
Porque, aunque no se
considere como tal, tocar en una banda a parte de un bonito hobby, es un
trabajo. Trabajo que muchas veces se echa por tierra y no se valora por parte
de aquellos que no saben los sacrificios que haces durante todo el año para
poder estar ahí, sacrificios que haces durante todo el año esperando que llegue
un nuevo Domingo de Ramos, y ver durante 8 horas la trasera de un palio (ya
quisieran muchos).
Porque amigos, a mí me
leeréis criticando alguna marcha, o cualquier cosa tonta de las bandas, pero no
me leeréis criticando sobre esto mismo que escribo hoy, sobre el sacrificio
humano y personal que hace un músico. A todo aquel que critica eso, le
recomiendo que se apunte a una banda un año y luego pueda opinar libremente y
criticar sobre este aspecto.
Pero no todo va a ser
sacrificios, no todo es malo en una banda. Por suerte, en una banda nos
encontramos por el camino a compañeros que pasan a ser amigos, y en algunos
casos casi hermanos de sangre. Amigos que hacen agradable tu día a día en la
banda, que te animan en los momentos más duros donde estas harto de todo, que
te hacen más amena una procesión de 10 horas en un pueblo perdido de la mano de
Dios. Amigos con los que comerte ese bocadillo de tortilla, que sabe a gloria,
después de una procesión larga, donde has pasado hambre y has aguantado tus
“necesidades” por tener que tocar una “chicotá” y no poder salirte de la
formación. Por suerte, están esos amigos con los que hay risas mil.
¿Cuántas horas pasa un
músico a lo largo del año en un autobús? ¿Cuántos conciertos cada fin de semana
en pueblos lejos de tu casa? ¿Cuántos conciertos de domingo por la mañana y
tenerte que quedar un sábado en casa cuando tus amigos salen de fiesta?
¿Cuántos planes de noviazgo que no se llevan a cabo porque tienes que tocar con
tu banda? ¿Cuántas Semana Santa ha deseado tu pareja o amigos ver todas las
procesiones contigo y pasar esa semana contigo, pero no puedes porque tienes
que tocar con tu banda? ¿Cuántos amigos se han enfadado contigo porque tienes
compromisos con tu banda y no puedes quedar con ellos?
Por todo eso, un músico
no tiene por qué aguantar críticas sobre el esfuerzo que hacen cada año por
poner sones en Semana Santa a una Hermandad, porque se puede criticar una
marcha, pero no criticar el esfuerzo.
Por último, creo que es
necesario aplaudir a los padres que se quedan hasta las tantas esperándote que
llegues de tocar de madrugada, que te esperan con una sonrisa y algo de comer
para que te vayas a la cama con mejor cuerpo, que te animan en esos momentos
que no te apetece ir a ensayar o tocar en un acto, y aunque a ellos les
gustaría pasar más tiempo contigo, solo desean que tú seas feliz, y saben que,
tocando tu instrumento y poniéndote ese uniforme, eres feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario